Por Elena Cascales Martínez.

Irme de Erasmus a Pisa fue una de las decisiones más emocionantes y también más desafiantes que he tomado. Cuando el avión aterrizó en Italia, sentí una mezcla de ilusión, nervios y curiosidad. Había soñado durante meses con esta experiencia: vivir en otro país, conocer gente nueva, aprender en una empresa, aprender italiano y viajar por lugares que hasta entonces solo había visto en fotos.
Sin embargo, la realidad de los primeros días fue más intensa de lo que imaginaba. Nada más llegar, me di cuenta de que la aventura no iba a ser tan sencilla. La primera dificultad apareció incluso antes de instalarme: nos dimos cuenta de que habíamos sido víctimas de una estafa con el alojamiento. La casa que supuestamente teníamos reservada simplemente no existía. De repente, estábamos en una ciudad nueva, con maletas y sin un lugar donde vivir. Fueron momentos de bastante estrés, pasando horas mirando anuncios, escribiendo mensajes y visitando pisos con la esperanza de encontrar algo lo antes posible.
A todo esto se sumaba la nostalgia. Era la primera vez que estaba lejos de mi familia durante tanto tiempo, y aunque sabía que era parte de crecer y de la experiencia Erasmus, no podía evitar echarlos de menos. Había momentos, especialmente por la noche, en los que pensaba en mi casa, en las conversaciones cotidianas y en la tranquilidad de lo conocido.
Pero, al mismo tiempo, también sentía que estaba exactamente donde quería estar. A pesar de las dificultades iniciales, la emoción por todo lo que estaba por venir era más fuerte. Tenía muchísimas ganas de empezar en la empresa, de mejorar mi italiano, de conocer estudiantes de otros países y de descubrir la cultura italiana desde dentro.
Además, sabía que Erasmus no solo significaba trabajar, sino también viajar, explorar nuevas ciudades y crear recuerdos inolvidables. Pensaba en todos los lugares que quería visitar, en los amigos que aún no conocía y en todas las historias que seguramente surgirían durante esos meses.
Mirando atrás, esos primeros días en Pisa fueron un auténtico torbellino de emociones: incertidumbre, nostalgia, emoción y esperanza. Pero también fueron el comienzo de una aventura que sabía que me iba a cambiar.