Por Idoia Gálvez Aragón.
Llegar de Erasmus siempre se imagina como el inicio de una aventura emocionante, llena de descubrimientos y experiencias nuevas. Sin embargo, mi llegada a Italia no fue exactamente como la había imaginado. Los primeros días fueron caóticos y estuvieron llenos de incertidumbre, pero con el paso del tiempo la experiencia ha ido mejorando y hoy puedo decir que todo ha merecido la pena.
Todo empezó incluso antes de aterrizar. Dos días antes de llegar a Italia descubrimos que nos habían estafado con el piso que habíamos alquilado. De repente nos encontramos en un país extranjero, sin alojamiento y con la presión de tener que empezar nuestras prácticas de FEM. Durante los primeros días recorrimos prácticamente todas las inmobiliarias y residencias de estudiantes de la ciudad, pero en ninguna tenían disponibilidad. Esa sensación de no tener un lugar fijo donde vivir generaba mucha inseguridad y estrés.
La primera semana tuvimos que alojarnos en un apartamento reservado a través de Booking, algo que nos permitió tener un sitio provisional mientras seguíamos buscando. A pesar de la situación, una de las partes más positivas fue la empresa donde realizamos las prácticas. Desde el primer momento, las personas que trabajaban allí fueron muy amables con nosotros y trataban de ayudarnos en todo lo que podían. Ese apoyo hizo que, dentro de todo el caos, nos sintiéramos un poco más acompañados.
Aun así, la situación del alojamiento, sumada a estar lejos de casa, hizo que echara mucho de menos a mi familia. Hubo momentos bastante difíciles en los que me sentía desanimada y con muchas dudas sobre si había tomado la decisión correcta al venir. Pasaban los días y seguíamos sin encontrar piso, lo que aumentaba la sensación de incertidumbre.
Finalmente, cuando ya estábamos prácticamente planteándonos volver a España, ocurrió algo inesperado. El día antes de tomar esa decisión encontramos un piso a las afueras de la ciudad. El propietario era un hombre muy amable y servicial, que desde el primer momento nos facilitó mucho las cosas. En ese instante sentimos que, por fin, empezábamos a ver la luz.
A partir de ahí todo comenzó a mejorar poco a poco. Empezamos a instalarnos, a sentirnos más cómodos en nuestro nuevo hogar y a adaptarnos a la vida en la ciudad. También comenzamos a conocer gente nueva, a hacer amigos y a viajar a diferentes lugares durante nuestro tiempo libre. Poco a poco fuimos valorando más la oportunidad que teníamos delante.
Ahora, mirando atrás, pienso que ese comienzo tan complicado también ha formado parte del aprendizaje del Erasmus. Nos obligó a adaptarnos, a ser más resolutivos y a valorar mucho más las cosas cuando finalmente se solucionaron. Lo que empezó siendo una experiencia llena de nervios e incertidumbre, poco a poco se ha transformado en una aventura que está dejando recuerdos muy especiales.